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Jueves 25 de Julio de 2024 - Hs
Edi Zunino tenía razón - por Silvio Santamarina
14-11
Ya está. Ahora que se publicaron todas las biografías y homenajes merecidísimos para despedir al respetado y querido periodista Edi Zunino, me siento liberado de reseñar su Currículum Vitae y también de intentar definirlo: varios colegas cumplieron la tarea, en tiempo y forma, con textos tan magistrales como emotivos, que invito a googlear, porque son imperdibles. Necesarios.

Ya está. Ahora que se publicaron todas las biografías y homenajes merecidísimos para despedir al respetado y querido periodista Edi Zunino, me siento liberado de reseñar su Currículum Vitae y también de intentar definirlo: varios colegas cumplieron la tarea, en tiempo y forma, con textos tan magistrales como emotivos, que invito a googlear, porque son imperdibles. Necesarios.

Tarde pero inseguro, llego a duras penas a entregar estos párrafos antes de que el Debate Presidencial lo nuble todo, con su chisporroteo confuso; tan confuso que solo se me ocurre que hubiera podido desenmarañarlo el mismísimo Edi. Pero ya no está para hacerlo con sus propias manos sobre el teclado. Solo nos queda especular con sus posibles conceptos, sus hipotéticas palabras filosas y brillantes, como un puñal de suburbio, esos que encandilaban a Borges.

Nos queda su sabiduría tanguera, que impregnaba el fraseo de sus artículos y de sus intervenciones orales en radio y tele. De ahora en más, tendremos que conformarnos con recurrir a la opinión de Edi pero en modo virtual, como si fuera nuestro íntimo ChatGPT, al que le cargamos mentalmente todos los dichos de Zunino que retiene nuestro archivo mental y sentimental. A partir de hoy, lo consultaremos como se invoca a un oráculo, para entender dónde y cómo estamos parados, cada vez que la Tierra tiembla.

Tango y tecnología, lo viejo y lo nuevo, la máquina de escribir y el periodismo de smartphone: esa mezcla era Edi, moderno para los clasicistas, pero clásico ante los modernosos. Siempre inasible, siempre rebelde. Así, contó su enfermedad en Instagram, como si fuera una historieta digital, donde dejó una foto genial y premonitoria: una especie de selfie con su rostro sonriente, pícaro, con unas alitas de neón de fondo, al estilo de los retratos que hacía Hermenegildo Sábat para despedir a los que se iban, pero dejaban su marca. Acaso era ese el sentido de aquel posteo: «Tranqui, me voy pero volveré, de alguna forma». Como recitaba Pichuco mientras retorcía el bandoneón: “Dicen que me fui del barrio… ¿Cuándo? ¡¿Pero cuándo?! Si siempre estoy llegando…”.

Parece que Edi apostó a la inmortalidad de la manera más humana, más humilde, menos estridente, más genuina y duradera. La idea, quizá, fue seguir viviendo en la impronta que él deja en todos los que lo conocimos, de cerca o de lejos. Y de eso me toca escribir en este momento.

Una de las cosas que me deja Edi es un último encargo editorial, el más difícil que me asignó en todos los años que trabajamos juntos. Jefe desafiante hasta el final -aunque ya no compartíamos redacciones-, me pidió un texto que todavía no pude terminar. Fue en una parrilla frente al canal América, en una cena de tres amigos y colegas: Edi, Rodis Recalt y yo. Ahí nos saludamos con un abrazo raro: ambos estábamos “enchufados”, con respectivos catéteres sobresaliendo del cuerpo, apenas disimulados por la ropa. Edi, por su quimio; yo, por mi diálisis e inminente trasplante renal. Rodis bromeó con que esta cena debía ser de camisolines blancos o celestes, como alusivo dress code. Yo busqué el chiste de comparar nuestro encuentro de catéteres con las conexiones entre los pitufones de la peli “Avatar” entre sí y con la Naturaleza. Edi captó rápido el tono ideal de aquella charla, y nos hizo reír toda la cena con metáforas y anécdotas médicas desopilantes. Su padre era médico y, cómo él, padeció un cáncer terminal.

En plena distensión, vino el encargo, como quien no quiere la cosa. Edi estaba arrancando con el audaz y saludable proyecto de registrar para un libro sus peripecias de salud y tratamiento, terminara como terminara. Y quería, generoso y creativo como siempre, incluir algunos relatos de terceros sobre sus propias experiencias límite con la enfermedad y -no dicho pero sugerido- la frontera con la muerte.

Me atajé ante la oferta, dudoso de poder y querer meterme en ese túnel narrativo por el que Edi se había animado a transitar. Editor experimentado, él me invitó al menos a considerarlo. Sin presiones. Nunca me pude sacar de la cabeza aquella misión. Nunca volví a ver a Edi en persona.

En los meses siguientes, intercambiamos muchos mensajes por WhatsApp, dándonos ánimo para afrontar nuestros respectivos tratamientos. (Él, nobleza obliga, más atento y solidario que yo.) Siempre con humor, nunca con quejas, al menos no de las amargas. Solo valía la ironía, y si era festiva, mejor. Así como escribía Edi: sobre un fondo oscuro “de hastío y de frío” (dice el tango) que él pintaba siempre que la realidad se pudría ante nuestros ojos, Edi nunca dejaba de aplicar alguna pincelada clara, luminosa, que indicara un camino de salida. Llorar, sí, pero nunca ahogarse en llanto: ese era el plan.

Contagiado de la peor pereza del periodismo tradicional, el de los cierres eternos y trituradores de carne, alargué más de la cuenta mi turno de sentarme a escribir el encargo, incluso meses después de mi venturoso trasplante. Pero la culpa me hacía redactar en la cabeza aquel relato imposible, día tras día.

Pensando en un texto que se acercara a la altura -o a la profundidad, estaba a ciegas- de lo que seguramente estaba escribiendo Edi, ensayé en mi mente algunos conceptos. Se me ocurrió contar mis cuatro despertares, en medio de la anestesia, cada vez que salí de los quirófanos. Suponía que esa módica estructura narrativa le gustaría a Edi (y a la genial, comprometida y entrañable Fernanda Villosio, encargada de editar aquel libro de emergencia, con destino de posteridad). A mí el truco me parecía útil para abordar con delicadeza el tema del límite entre la conciencia y la no conciencia, entre la vida y la muerte, entre el acá y el allá. “La noche boca arriba”, pensé, citando a Cortázar (que repetía a García Lorca), como argumento para venderle a Edi la idea.

Pero no. No me animé a zambullirme de nuevo, en plena recuperación, en las aguas oscuras de aquel verano en que casi no vi el sol. Es cierto que había cosas hermosas para contar, como el apoyo esencial de familia y amigos: fundamentalmente el de mi hermana, que fue la donante para mi trasplante. Pero yo sentía que no había, o al menos yo no encontraba, las palabras para nombrar tanta belleza humana, y a la vez tanta incertidumbre existencial.

Y así fui acumulando la deuda editorial con Edi, que no me reclamó nunca nada, en ninguno de sus mails de compañero de achaques traicioneros. Con el rabo entre las piernas por mi procrastinación, luego de varias semanas sin atreverme a mandarle un mensaje al editor Edi, solo me salió un breve WhatsApp preguntando por su estado de salud. No tuve respuesta. Algo rarísimo.

Quise imaginar que, como hacía poco lo habíamos visto todos en la tele de buen semblante, estaba algo cabreado conmigo por mi pereza periodística. Le gustaba chucearme de vez en cuando: incluso conservaba los mails en que alguna vez nos habíamos peleado, por estupideces administrativas de la profesión que hoy no valen nada. O más bien valen mucho, porque confirman la solidez de nuestra amistad al cabo del tiempo. Más allá del tiempo, siento hoy.

Digo que quise pensar lo mejor, aunque temía lo peor: esos dos tildes grisáceos como toda respuesta a mi mensaje auguraba tristeza. “Esto no termina bien”, pensé, citando mentalmente la frase que Edi usaba en las redacciones que compartimos, cada vez que se encarajinaba un cierre, o cada vez que se encarajinaba el país o el mundo.

Esa misma semana, casualidad nada casual, Fernanda Villosio me contó que Edi estaba de nuevo internado, y que intentaría ir a verlo. Y fue. Aunque Edi estaba casi permanentemente dormido, ocurrió un milagro de película, pero que en la vida real también sucede, solo cuando los protagonistas son seres tan mágicos como Edi y/o Fernanda. Edi abrió los ojos, le sonrió a su visita, y le extendió la mano para saludarla. Fin. Lo demás, que sucedió pocas horas más tarde, esa misma madrugada, ya salió en los diarios, como Edi merecía.

“Esto no termina bien”, volví a pensar apenas me enteré de la noticia. ¿Edi tenía razón? La verdad es que yo no estaba -ni nadie de los zuninistas- de ánimo para polemizar mentalmente con la filosofía Zunino, pero no pude evitar, durante ese día de duelo sorpresivo, ir dándole vuelta a aquella frase. Si pienso en la hermosa despedida que Fernanda logró, en nombre de todos sus colegas queridos, en la cuenta regresiva de los signos vitales de Edi, no puedo darle la razón a la sentencia que augura que “esto no termina bien”.

Pero si pienso mejor, es decir, en serio, tomándome el tiempo y el trabajo; si pienso “a lo Edi”, y le doy una vuelta de rosca más a la fórmula, creo que ahora lo entiendo. Finalmente. “Esto no termina bien”… ni mal. Ni bien ni mal: como la vida. No como las dicotomías idiotas o hipócritas que tanto lo irritaban a Edi. La cuestión es si hay belleza, incluyendo lo lindo y lo feo. No se trata tanto de un equilibrio moderado de balanza sajona, sino más bien de un revuelto sabroso, bastante agridulce, de ensaladera latina.

Ni bien ni mal: hermoso. Como ese saludo final que, en realidad, nunca termina. Recién empieza. Tenías razón, Edi.

Fuente: Newsweek
Autor: Silvio Santamarina

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