La crítica a Milei se apoya en una lectura distorsionada del pensamiento de Murray Rothbard y en la defensa de un modelo agotado. Lejos de destruir, las reformas buscan modernizar la economía, volverla competitiva y terminar con los privilegios que frenaron el crecimiento argentino durante décadas.
La reacción de algunos sectores ante las reformas del presidente Javier Milei delata un temor profundo: el fin de un sistema que garantizó privilegios, protección discrecional y una dependencia estructural del Estado.
Durante años, la política económica argentina se sostuvo sobre parches, controles y subsidios que disimulaban un deterioro progresivo. Hoy ese deterioro es visible, pero no porque sea nuevo, sino porque finalmente se dejó de ocultar.
La narrativa del “industricidio” sufre de un problema básico: omite los datos históricos. Entre 2011 y 2023, según AFIP y CEP XXI, cerraron más de 43.000 empresas, y el empleo privado formal cayó en distintos ciclos hasta acumular más de 220.000 puestos perdidos antes de la llegada de Milei a la presidencia. La industria manufacturera produjo en 2023 el mismo volumen que en 2010, y la productividad laboral cayó un 18% en diez años.
Nada de esto se generó en un año: fue la consecuencia directa de un Estado que regulaba, intervenía, protegía artificialmente e impedía competir.
La Argentina llegó a 2023 con 6.000% de inflación acumulada en una década, salarios reales al nivel de 2005, una presión fiscal récord y 140 tipos de regulaciones sectoriales que asfixiaban cualquier intento de emprender. La caída venía de antes; Milei heredó la ruina.
Rothbard no celebraba quiebras: explicaba cómo funciona una economía sana
Una de las operaciones más frecuentes es la tergiversación del pensamiento de Murray Rothbard. Se repite que Rothbard “celebraba el cierre de empresas”, como si fuese un dogma destructivo. La frase es tan absurda como decir que un médico “celebra la fiebre”: no la celebra, la interpreta.
Rothbard no defendía la quiebra como un ideal, sino como un mecanismo de corrección natural del mercado cuando los recursos están siendo utilizados en actividades ineficientes. Lo que rechazaba era la intervención estatal destinada a sostener artificialmente empresas que ya no agregan valor. Su postura no es ideológica, sino puramente técnica:si una empresa sólo sobrevive por subsidios, aranceles o prebendas, no está generando riqueza; la está destruyendo.
La mala interpretación es funcional a un objetivo político: instalar que Milei desea destruir empresas. La realidad es lo opuesto. Milei busca terminar con las distorsiones que destruyeron la competitividad y liberar recursos para que surjan sectores eficientes, modernos y exportadores.
La experiencia internacional lo demuestra:
– Estados Unidos, durante su proceso de desregulación industrial entre 1978 y 1985, vio cerrar miles de empresas ineficientes, pero al mismo tiempo creó 18 millones de empleos netos.
– Irlanda, tras liberalizar su economía en los 90, sufrió un breve período de reacomodamiento, pero luego se transformó en la economía más dinámica de Europa, con crecimiento del 7% anual por más de una década.
– Corea del Sur, lejos de lo que dicen algunos analistas, no se desarrolló protegiendo industrias eternamente: sacrificó cientos de conglomerados ineficientes para permitir que surgieran los que podían competir globalmente.
La clave no es evitar el cierre de empresas: es permitir el nacimiento de nuevas y mejores.
El empleo: el dato que nadie explica
Es cierto que entre diciembre y agosto se registró una caída de aproximadamente 276.000 empleos registrados. Pero quienes presentan este dato como si fuese una consecuencia exclusiva de las reformas omiten otros números determinantes:
– el 45% de esa caída corresponde al Estado, que durante años había inflado sus plantillas con empleo improductivo;
– en 2023, antes de Milei, la construcción ya había perdido 70.000 puestos por falta de financiamiento y cepo importador;
– el sector PyME arrastraba cuatro años de caída en ventas, con 12% menos trabajadores que en 2018.
El Gobierno no destruyó empleo: se encontró con una economía destruida y comenzó a ordenar sus cimientos.
Una transición dura, pero necesaria
El sinceramiento económico siempre viene acompañado de un reacomodamiento. Eso pasó en todos los países que dejaron atrás décadas de distorsiones. Pero la transición no es sinónimo de derrota: es el preludio del crecimiento.
Ya se observan señales tempranas
:
– el riesgo país cayó de 2.900 a menos de 1.300 puntos en un año;
– el Banco Central logró el primer superávit financiero en 16 años;
– aumentó la inversión extranjera en sectores energéticos y tecnológicos;
– se triplicaron las solicitudes de registro de nuevas SAS (sociedades por acciones simplificadas).
Son pequeños indicios, pero muestran que se está gestando un nuevo ciclo.
Argentina vuelve a ponerse en marcha
Quienes hoy atacan con más ferocidad son, casualmente, quienes perdieron la pauta y los privilegios que garantizaron un modelo decadente. Su enojo no es ideológico: es económico.
La salida no está en volver al pasado, sino en avanzar con decisión hacia un país que premie al que produce, al que arriesga y al que innova. Por primera vez en décadas, la Argentina tiene un gobierno que se anima a enfrentar los intereses que nos hundieron.
Es comunicador y periodista.
Con foco en temas sociales, políticos y de interés público.
Participa en proyectos de comunicación multiplataforma orientados al análisis, la difusión institucional y el debate ciudadano.