
28-11-2025
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Politica El peronismo antes y después
Según Malamud, el rasgo distintivo del peronismo siempre fue su enorme capacidad de adaptación: podía oscilar entre posiciones diversas y alojar dentro de sí corrientes a veces contradictorias. Esa flexibilidad facilitó alternancias internas —de la ortodoxia al menemismo, del duhaldismo al kirchnerismo— y funcionó como un mecanismo natural de supervivencia. La política argentina, en buena medida, se ordenó durante décadas alrededor de esa elasticidad.
Con Cristina, ese patrón se transformó. Su liderazgo logró una centralidad inédita que redujo las posibilidades de alternancia dentro del movimiento. No sólo se consolidó como figura predominante, sino que definió una identidad más cerrada, más homogénea y más dependiente del territorio bonaerense. El peronismo, históricamente federal y multisectorial, pasó a apoyarse en un núcleo geográfico y cultural más acotado.
Malamud argumenta que esta radicalización no implicó necesariamente una profundización ideológica hacia la izquierda, sino un cambio en la lógica interna del movimiento. El peronismo dejó de funcionar como un partido anfibio capaz de mutar según el contexto, para convertirse en una fuerza que define sus posiciones con mayor rigidez y que se reconoce más por oposición que por coalición. En paralelo, la política argentina en su conjunto se volvió menos propensa a la negociación, con liderazgos que encontraron en la polarización un mecanismo efectivo de acumulación de poder.
Las consecuencias del cambio
Este proceso redujo la amplitud del peronismo para construir acuerdos, limitó la renovación de liderazgos y lo empujó a una identidad más reactiva que integradora. También acentuó la fragmentación nacional: un movimiento concentrado en el conurbano deja de ser plenamente representativo de una Argentina diversa, que necesita mirar más allá de sus fronteras electorales inmediatas.
Sin embargo, cargar todas las responsabilidades sobre una sola figura sería equivocado. Cristina operó en un clima político que ya venía tensionado, con una sociedad que reclamaba definiciones claras y posicionamientos fuertes. La radicalización fue tanto un gesto personal como una respuesta a un entorno que había perdido sutileza.
Una oportunidad para reconstruir
Hoy, ante un peronismo en búsqueda de rumbo, el diagnóstico de Malamud puede leerse no como un reproche sino como una brújula. Si el movimiento quiere recuperar su vocación mayoritaria, deberá reencontrar la flexibilidad que lo caracterizó, ampliando su base territorial, ideológica y generacional. Eso no significa renunciar a convicciones, sino volver a articularlas con la capacidad de tender puentes, escuchar a otras expresiones y competir con liderazgos múltiples.
El desafío no es desandar el camino recorrido, sino aprovechar lo aprendido para abrir una nueva etapa. La Argentina necesita menos trincheras y más espacios de encuentro. Reformular el diálogo político no es sólo una tarea del peronismo, pero el peronismo —por su historia y su peso específico— puede jugar un rol decisivo.
El futuro no está escrito. Y si algo enseñó el peronismo a lo largo de su recorrido, es que siempre puede reinventarse. Esa posibilidad sigue intacta, y hoy, más que nunca, el país la necesita.